Falsas Maniobras – Rafael Cadenas

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Hace algún tiempo solía dividirme en innumerables personas. Fui sucesivamente, y sin que una cosa estorbara a la otra, santo, viajero, equilibrista.

Para complacer a los otros y a mí, he conservado una imagen doble. He estado aquí y en otros lugares. He criado espectros enfermizos.

Cada vez que tenía un momento de reposo, me asaltaban las imágenes de mis transformaciones, llevándome al aislamiento. La multiplicidad se lanzaba contra mí. Yo la conjuraba.

Era el desfile de los habitantes desunidos, las sombras de ninguna región.

Ocurría al final que las cosas no eran lo que yo había creído.

Sobre todo, me ha faltado entre los fantasmas aquel que camina sin yo verlo.

Tal vez el secreto de lo apacible esté allí, entre líneas, como un resplandor innominado, y mi soberbia injustificada ceda el paso a una gran paz, una alegría sobria, una rectitud inmediata.

Hasta entonces.

 

 


Mi pequeño gimnasio

 

 

Consta de una almohadilla que golpeo con acompañamiento musical.

Un saco de arena donde descargo todo el peso de la calle.

Una esterilla para hacer contorsiones que producen olvido.

Un hueco en triángulo donde me oculto para no ver.

Una cuerda donde me castigo por toda la prudencia del día.

Un artefacto en forma de O en el que me doblo para evitar los reclamos de mi conciencia.

Una barra horizontal sobre la cual me río de mis intenciones.

Una tabla donde doy golpes innecesarios que podrían estar mejor dirigidos.

Un pequeño extensor de idiota que me estira por todos los frutos que no tomé, los actos que no hice, las palabras que no me atreví a decir.

Una soga donde extorsiono mi brazo derecho por todas mis indecisiones, olvidos, cambios.

El resto lo compone el ajuar ordinario de todo deportista. Los ejercicios son efectuados en la oscuridad. Por vergüenza no admito espectadores. (El descontento sordo, por otra parte, ahogaría al que osara entrar.)

Soy de todas maneras un aprendiz. No he podido alcanzar mis rodillas con la frente, todavía me es imposible arquearme hacia atrás hasta tocar el suelo, tampoco logro pararme sobre las manos.

Algunas veces el exceso de pesadez me vuelve ridículo. (Me recuerdo en lamentables posiciones y siento dolor.) A pesar de mis esfuerzos sigo siendo carnívoro, rudo, indisciplinado.

En el fondo los ejercicios están enderezados a hacer de mí un hombre racional, que viva con precisión y burle los laberintos. En clave, persiguen mi transformación en Hombre Número Tal. Llanamente y en mi intimidad, espero con ellos dejar de ser absurdo.

 

 


Imago

 

Cuando un rostro se vuelve amenazante, lo desdibujo pacientemente.

Empiezo por sus líneas, después me dedico a las sombras y dejo para el final sus sutiles celadas. Sólo trato de desarmar la figura.

Hay que impedir que mire desde su centro dinámico, quitarle ese halo de imán que desquicia, volverlo una mancha.

De noche practico esta cautela. Me acerco al rostro, recuerdo todos los incidentes, tomo un trapo húmedo, ordinario, maligno con el que deshago suavemente el dibujo.

Cuando el cielo vuelve a ser blanco ya no queda nada.

No destruyo el rostro; lo suavizo y me pliego. Aprendo a convivir con él.

Es el recurso basto de quien exagera todas las líneas.

No es un trabajo fácil. Requiere un gran desasimiento. El apego, el apego es el enemigo. Con sus gomas alocadas da que hacer. Produce anexiones, pueriles violencias, enrarecimientos del aire.

Uso un procedimiento rudimentario, el que está a mi alcance.

Tuve que idear este método, extraño a mi ser, en una difícil época. Fue al término de una crisis.

Acababa de dejar la cascara. La imaginación se había agotado. Sólo quedaban los objetos, los firmes objetos.

 

 


Beloved country

 

 

Cuánto tuyo no se desenvuelve como música perdida en mí.

País al que regreso cada vez que me he empobrecido.

Sello, fasto, bóveda de los cofres.

 

Nunca me has negado tu leche de virgen.

 

Mi reflujo, mi fuente secreta, mi anverso real.

 

Ignoro el alcance de tu olor de especia, pero sé que has estado en todos mis puntos de partida, envolviéndome, Oriente solícito, como una ceremonia.

 

País a donde van las líneas de mi mano, lugar donde soy otro, mi anillo de bodas. Seguramente estás cerca del centro.

 


Nombres

 

te llamas hoja húmeda, noche de apartamento solo, vicisitud;

campana, tersura y lascivia, ingenuidad, lisura de la piel,

luna llena, crisis,

oh mi cueva, mi anillo de saturno, mi loto de mil pétalos,

Éufrates y Tigris, erizo de mar, guirnalda, Jano, vasija,

tórtola, S. y trébol,

ovípara,

uva, vellocino y petrificación;

podrías llamarte…

pero tu nombre es

lecho, lavamanos, dentífrico, café, primer cigarrillo,

luego sol de taxis, acacia, también te llamas acacia y six pi

em —em— o half past six o seven, cerveza y Shakespeare

y vuelves a llamarte hoja húmeda, noche de apartamento solo día tras día,

sí, tienes tantos nombres

y no te puedo llamar,

todo tan absurdo como esas mañanas sin amor que el

espejo de los baños recoge y protege,

todo tan desoladamente inabordable,

todo tan causa perdida

 

 


Reconocimiento

 

Me veo frente a este paisaje parecido al que protejo.

No soy el mismo. Debo comprenderlo de una vez. He de encajar en mi molde.

 

He acechado la aceptación súbita de mi realidad.

Despedí la poesía que se cuelga de los brazos.

Incendié los testimonios falaces.

Adopté la forma directa.

 

Una convergencia prospera en mí.

 

Abandono mi caminar intrincado. Me dilato en vastedades blancas. Sirvo en silencio a un solo rey.

 

Con huesos de ave violento los espacios cerrados.

 

He sentido ráfagas de otra región sin culpa.

 

Me hago a la lentitud, al gesto consciente, al rumor del desierto.

 

 

 


Mirar

 

Veo otra ruta, la ruta del instante, la ruta de la atención, despierta, incisiva, ¡sagitaria! pico de víscera, diamante extremo, halcón, ruta relámpago, ruta de mil ojos, ruta de magnificencia, ruta de línea que va al sol, reflejo del rayo vigilancia, del rayo ahora, del rayo esto, ruta real con su legión de frutos vivos cuyo remate es ese lugar en todas partes y ninguna.

 

 


 

Satori

 

Boguemos.

 

Hay trirremes, nubes de insectos, una playa con un loro,

cerca.

El tesoro no nos aguarda.

Ha de ser en este instante.

Ya.

Relámpago.

 

Boguemos.

 

Bajo cualquier conjunción, doblados sobre la borda o

dormidos.

De repente un día ¡el día!

Un viraje, un golpe seco, un lamido de brillante ola nos lanza

a donde es.

 

Boguemos.

 

¿Llegamos o no llegamos?

Olores, olores de tierra escondida, pintura fresca, tuétano.

Un impulso más.

¡Up, up!

 

Boguemos.

 

¿Dónde está la botella, la botella con el mensaje?

Ahí, ahí va.

Atracar ahora, amarrar ahora.

En cualquier punto (pero que sea un punto).

Una orilla inventada.

Una gran oreja.

 

Espero una canción distinta.

 

Una canción que me resuelva.

Una canción ligera como un azulejo.

Una canción que me eleve como un vino.

Una canción tan amorosa que ya no pueda desaparecer.

Una canción que me acoja después de lavado, sin tinieblas.

Recia, clara y dúctil como ansío ser.

Canción que sea siempre definitiva.

Con ella caminaré igual a la mañana.

Lleno de esa humedad viajera de lejos.

La mañana que vuelve limpias las cosas.

 

Que aviente de mí todo pesar.

Que no haga durar ninguna congoja.

Que me lleve de la mano por encima de los males.

 

Fuerte y confiable embarcación.

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