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Una poesía venezolana contemporánea

¿Existe? No volvamos a la diatriba existencia. ¿Está? No volvamos a las diatribas espaciales. ¿Es ficción? Sí.

Vamos a ataviarnos de poesía. Para una poesía contemporánea tenemos que adherirnos primero a la idea de “una poesía”. Ciertamente, “habemos” en “una poesía”. Somos verbo. Somos “haber” de poema. La poesía nos “habe”, o nos “ha” (aunque la sonoridad de la primera me seduce). En la colectividad humana, geo-cultural, llamada Venezuela, la poesía nos “ha”. Y en ese “ha” de “Hacer-Haber” nadamos. Desde aquellas metáforas, que extirpadas con amor, nos mostraran que los cronistas tenía una pasión poética genuina, hasta la más descarnada poesía que los “estudiantes” creen estar gestando. Casi quinientos años de palabra-poética nos “ha”, nos “habita” (a Bachelard le hubiera gustado hablar de un caracol).

Nadamos. En esa poesía nadamos, y la atribuimos a nosotros porque nos habla. Nos habla en el hablar de los pueblos, en su transformación a palabra. Entonces cuando vemos a Rufino Blanco Fombona en un anaquel, creemos en su poder, en el nuestro, y nos sentimos lectores de una literatura. Cuando una señora nos recita Ah mundo la negra Juana o algún pasaje de Juan Bimba, sabremos que “hubo” una poesía venezolana que el país aprehendió, que el país aprendió; y tenemos así, una lejana, pero verídica poesía venezolana.

Pero, ¿La contemporaneidad? ¿Es una enfermedad temporal?¿Un desquicio? ¿O el único momento de brillo de una mayoría disoluta? Nuestra rivalidad con los patrones nos hace decir que es más que un momento de gloria —autoconstruido—, en el que los poetas vivos se ufanan de no estar muertos. Pero es contemporáneo esto que decimos. Debemos ver el panorama de este universo poético, los problemas que han, de una u otra forma, llevado a la “poesía venezolana” a un estado casi cataléptico ante la lectura.

Hay un filtro —crítico— que deja todo intento de contemporaneidad en los versos de Vicente Gerbasi. A la noche vamos, quizá no se equivocaba. Pudo ser mucha vanguardia poética y mucha televisión patética. Pudo ser algún burócrata educativo que encarceló en currículo la palabra y nos sentenció a la más silenciosa de las condenas. Puede ser, también (en nuestro afán por tener una respuesta) y por mala suerte, el señor Pedro Díaz Seijas con su tan usado manual, quien canonizara —calcinara— a los autores, ahora clásicos o consagrados, de la literatura venezolana. Pero en definitiva es un problema comunicativo. El poder del lenguaje poético contra el lenguaje más vocal —son el mismo, usado con diferente intensidad—, la expresión más pobre e inmediata. No hay repentismos en el poder del lenguaje poético, no hay musa cantaría en este lenguaje. Pero, el habla necesitó siempre la vinculación; los niveles del habla son muy variados, a más estudiantes de arte seamos, más cerca de ese lenguaje poético pondremos nuestra habla, fermenta y urbana. Valgan los sueños y las promesas para alcanzar una poesía venezolana contemporánea.

En síntesis, existe un cuerpo de poetas. Nacidos desde la década del cincuenta —con algunas excepciones, como William Osuna, que nació en el año 1948—, quizás antes, para quienes ya en Andrés Eloy Blanco no hay vanguardia. Ellos, más por un orden temporal que espiritual, son los que consideramos “los poetas contemporáneos”. Quizá evocaremos alguna risa cuando al sacar la cuenta, un señor de 60 años sea un ejemplo de literatura contemporánea —la deuda de reconocimiento es muy grande—, pero nosotros consideramos que Cósimo Mandrillo (1951), es uno de los destacados poetas contemporáneos de Venezuela. No hablamos de poetas contemporáneos de veinte años. Para ellos existe una palabra deprimente: novísimos.

Entonces, en esta poesía contemporánea anotamos gente como: Laura Antillano (1950), María luisa Lázaro (1950), Alexis Fernández (1952), Miguel James (1953), Pedro Ruiz (1953), Luis Felipe Bellorín (1954), Ramón Elías Pérez (1954), Solage Rincón (1954), Antonio Trujillo (1954), Blanca Elena Pantín (1957), Luis Emiro Romero (1957), Carlos Brito (1958), Benito Mieses (1958), Juan Antonio Calzadilla (1959), Laura Cracco (1959), Miltón Quero (1959), Leonardo Ruiz Tirado (1959), Gonzalo Fragui (1960), Roger Herrera (1962), Jacqueline Goldberg (1964), Eleonora Requena (1964), Tarek Williams Saab (1965), José Gregorio Vílchez (1965), José Pérez (1966), Wafi Salih (1966), Freddy Nañez (1976), Rosana Marín, Luis Moreno Villamediana, Daniel Pradilla, Adelfa Geovanny, Edda Armas, Milagros Haack, Gabriel Jiménez Emán,

Entre muchos otros que mi escasa biblioteca no posee o cuyos nombres no he incluido por ser, a mi juicio —humano y errático— extremadamente malos. Nombro a estos poetas para hacer un marco de la poesía contemporánea legible en Venezuela. Estos autores —como deber de todos los contemporáneos— aún están a tiempo de sorprendernos —o seguir haciéndolo— con la palabra. Esta obra en creación constante está en su clímax, y desde este espacio (2010 digo) esperamos que siga en ascenso o se mantenga.

Mediante esta observación, una poesía contemporánea llega a sus haberes. En la poesía contemporánea venezolana es un tanto complicado, ya que todas las voces distan y confluyen tan espontáneamente —murió aquella cómoda tradición grupalista—, que el sólo propósito de “pensar ser” se convierta en una tranca para leer lo que se habla en versos. Atengámonos entonces a hablar de una poesía que abunda, que se hace poliedro y transforma definitivamente en una manada de silbantes. Una poesía que está dispuesta a entregarse al venezolano.

En este marco se inserta el poeta Carlos Ildemar Pérez (1964), quien en su búsqueda, es un ejemplo de ese enlace habla-poética que parirá la poesía del mañana, que generará el pronunciar de la poesía venezolana, que habrá en nosotros, que hay en la lectura poética, ó definitivamente, habe en la poesía universal.

3 comentarios el “Una poesía venezolana contemporánea

  1. q buena poesia

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