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Aquella vez con la poesía: Cuando conocí a Derek Walcott

Era una Caracas lluviosa. Llovió durante toda semana, y yo tenía hueco en mis zapatos. Había reunido entre todos mis familiares para asistir al Festival Mundial de Poesía, mi objetivo: conocer a un premio nobel de literatura. En este caso se cumplió con todo lo que decía el programa. Había llegado el domingo a la capital. Ya el martes estaba en la supuesta conferencia, que terminó siendo rueda de prensa, donde estaba el Premio Nobel de Literatura de 1992, Derek Walcott, con su inglés cadencioso, hablando sobre el más trillado de los temas literarios anglosajones: Shakespeare.

Hablaba Derek, de Calibán. Habla de Próspero, de lo que Próspero significaba para humanidad, para la sociedad occidental. Quizá me decepcioné al escucharlo. Pero no perdí la oportunidad de preguntarle por una poética de la liberación. Pregunté por Calibán, por su valor para la literatura de colonia, por realidad poética que implica la conducción del concepto Calibán en las almas de los hombres hablantes del inglés, para los hombres explotados por los ingleses. Hubo que buscar otro traductor para que Derek Walcott entendiera, ya que la traductora que tenía era pura belleza y poco cerebro. Su respuesta fue muy diferente a lo que yo esperaba. Habló de Calibán, y de la independencia que tenía Calibán en la esclavitud, después se perdió en la retorica de Shakespeare, que al final de los finales, termina desinteresándome. Definitivamente Omero, es una obra de identidad, pero Walcott, perdió la suya: fue profesor de Harvard y es jubilado de la Universidad de Boston. Tuvo que ir a transfigurar su discurso en el pleno de la sequedad. Y vuelve, con las manos llenas de Shakespeare y los bolsillos vacios de Nicolás Guillén.

Recuerdo que una de las preguntas que le hicieron fue: ¿A quién considera usted en la actualidad un poeta trascendente de la literatura venezolana? Y bajo la máscara del traductor, respondió: No leo poetas que escriban en español. Después dijo que recordaba a Vicente Gerbasi y a Juan Sánchez Peláez, casi preguntando si no estaban allí esos hombres que habían muerto hacía más de veinte años. En la misma sala estaban Gustavo Pereira, Luis Alberto Crespo y Carlos Ildemar Pérez, inexistentes para la soberanía lectora de un premio nobel.

Quedé entonces con su libro dedicado, ya que corrí hasta él, apenas terminó la función, para que me firmara. El trauma con la Z de Perozo no fue normal, pero aquí la evidencia.


Les dejaré este poema de mi agrado:

 

Bahía Store

Todavía arrastro mi casa a la espalda-
un bolso de bandolera marrón, moteado
como el de la tortuga-
hacia la sombra de una roca,
temblando por la insolación
y mi segundo divorcio.

El sol vive en un lugar,
todo su año es verano,
pero una luz se ha ido de la
hierba, de las afecciones del corazón.
El lejano grito del nadador
asusta.

En el oleaje que se riza, dos luchadores
hacen círculos en el jarrón azul del cielo–
tobillos delgados, pernil que se abulta,
siluetas que una vez vi
a modo de Hellas. Casi lo era.
Al ruido sordo de reggaes
de una- casita de verano de hormigón,
una lancha de fondo de cristal amarillo,
arrastrando algas de sus mandíbulas,
entra rápido como un tiburón procedente de los
jardines de coral para el próximo cardumen de excursionistas.

Dos bahías más allá está el cantil
escarpado, tachonado de cactus
en Plymouth. El crepúsculo
chillando con cormoranes,
golpes de ala como cuchillos,
pelícanos escarbando como pescaderas
en el cesto de la bahía.
Fuimos en largas excursiones
por las verdes carreteras del atardecer
a comprar cuberas. Tras nosotros,
esposos nuevos, nuevas mujeres.

El sol hiende el horizonte
de metal; la noche se mece
como un jukebox.

En la arena que se desvanece paso
una caballa que saltó de su elemento
intentando ser diferente-
su ojo es un anillo de oro,
casado con nada.
Señora Caballa, Señora Caballa, no iré a casa esta noche.
Los rompientes lancean la negrura una vez.

El sol omnipresente
me ha cansado lo suficiente;
Desenchufo la lámpara del hotel y me echo en cama,
la cabeza llena de negro oleaje.
Envidio al pulpo con tinta por sangre,
sus cables colgando desconectados,
a la deriva, célibe.

 

 

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