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Poemática de una Noche de Rutina o la palabra para hacerse presente en el desparpajo, el primer poemario de Luis Ignacio Cárdenas

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Comenzar por final, o por los lados, o leyendo de derecha a izquierda. Leer los versos de abajo hacia arriba. Pensar que los poemas no tienen reglas, ni formas establecidas: todo eso, no es lo que sugiere el libro Noche de rutina, pero a mí me ha dado por leerlo así, y creo que funciona. Tal vez los poemarios no tengan mucho que ver con los serruchos. Pero has caminar un libro para adelante y para atrás, hago debe pasar: quizá podamos ser cochambrosos (como de costumbre) y pensar en la copula del lector con los poemas. Ir y venir, de vez en cuando  menear: más de una vez tener orgasmos. Descansar, volver a comenzar. Y no digo que este libro de Luis Ignacio Cárdenas sea un mete y saca, o sea uno de esos poemarios que provoca ilustrar con los cuadros de Justin Lai: por el contrario, este poemario, para ser el primero, tiene sus locuras comedidas en las palabras.

Mientras desayuno (usted, querido lector, tomara la cena o comerá mermelada de cereza en el ombligo de su pareja) pienso como el lenguaje se mueve de un punto a otro de la ciudad (pude haber comenzado con la habitación), como se mueve, por todas las calles, como cruza el puente el sobre el lago y se va Cabimas, como llega a Caracas en cuestión de minutos y como hace tranzas para llegar a Sevilla, para leerse en Madrid, para temblar en Buenos Aires, al mismo tiempo. Así mismo pienso en los poemas nocturnos: en la ebriedad de las “o”, en el tejemaneje de las putas “e”. Porque de eso hay aquí, en este poemario, un concierto de silencios nocturnos, de calles peligrosas, de calladas estructuras del terror: y lo mejor, todas esas cosas reposan en mi imaginación, son constructos sobre constructos: nada existe, todo es posible. Allí viene Luis Ignacio y se mete con terquedad en el mundo, en la gente que se hace insoportable con su media cara oculta por la noche. El poema no es el cuento de la noche (sería terriblemente aburrido), el poema es la falta de descripción de un dolor colectivo, que se siente en lo-más-herida-mortal-que-tiene-el-pecho.

Cómo no saberse desnudo: si el poeta casi te interroga con su despiadada memoria. La tarde (sin intenciones de echar un cuento) es la puerta del infierno: y esto peca de simbólico, porque el dolor gozoso (tan gastado en la poesía mística) no se compara a la bullaranga cerebral de la espera. No puedo decir otra que cosa: habrá que recordarse de Una temporada en el infierno  de Rimbaud o en el mejor de los casos evocar aquella perversidad latente en los poemas de Allen Ginsberg: sin que esto signifique que haya alguna conexión de ellos con Luis Ignacio. Siempre tiendo a hacer comparaciones erróneas: pero cuando intentamos unir los cabos sueltos, hacen las verdaderas poemáticas.

Luis Ignacio Cárdenas, con Noche de rutina, nos ha abierto la puerta a la desconsideración del sueño. Nos ha hecho conocer el desparpajo en su mudez noctambula, quizá una sequedad aún no viva, o ese poco de acierto que tienen todas las palabras dichas en el papel. Se redimen los silencios, se reúnen los oscuros de la pared, el toqueteo, el sexo nocturno y callejero, la seducción de los errores cometidos. Es la Noche de Rutina una fotografía de diagrama cerrado en la pleamar de la oscurana: sólo quien tuvo la cámara supo del ruido del mar, supo de las nubes, del búho, supo de la muerte. Pero el desdecir de la palabra lo ha atornillado a una imagen que relata la inmensidad de lo onírico: el despojo de lo situacional, el desparpajo de la vida. Quejumbre.

Espero que vuelvan a las páginas de este poemario. Que se agredan a sí mismos en el entrar y salir del cuchillo, en la sequedad sexual de las noches en el bar, de las caminatas sin hogar, esa nostalgia que no se muere sino en la lid con el poema. Queda la definición de la noche: esa definición no dicha que se construye en nosotros y nos inutiliza un tiempo para imaginar la noche sin pensar en la Noche de rutina. Queda Luis Ignacio con su primer poemario, diciendo presente en el desparpajo de la noche.

Luis Perozo Cervantes
Maracaibo, 6 de abril de 2012

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