Cristo

Singular
la paciencia de un dios
su condición de espera ante el azote
el gesto de modorra en pleno espectáculo
en pleno martilleo
entre tanta sangre

su paciencia con las palomas que ansiosas de buscar una hoja de olivo
o con los zamuros ya hambriados por tanta agonía

calmado

un dios paciente

-Nos vemos el domingo-

Cristo

Llevame
-gritaba el Cristo a su miseria-
¿qué te debo?
-decía en una mudez dada a los dioses-
¿tú sientes este clavo que me azota el sexo?
¿la página amarilla del sonido?
¿la trama de tu acierto que no me atrevo a falsear?
¿que crees tú de este miedo que me arde en la herida del pecho?
en la puñalada indecente de tu brazo
dado en brazo al quebranto de mi cuerpo
-decía, el Cristo, decía-

Cristo

¿Qué le queda a ese pobre cuerpo adolorido?
¿una hora de cena?
¿pan y vino para jugar a los símbolos de la paz?
¿un traidor cualquiera, responsable y puntual?
¿quizá sólo una vagina olvidadiza en el cuerpo de la Magdalena?

¿Qué le queda a ese dios?
¿a esa figura de acción?
¿a ese suplicio común de héroe en la capítulo final de temporada?

¿acaso guardará de uva la frescura de vino?
¿o hará de Pitalos en la próxima obra escolar?
¿o le habrá quedado un condón entero para calmar la sed en un callejón?

¿Quién puede saberlo
si con siete palabras
no basta,
sino que abunda?

Cristo

A Dios
con su mala maña
de dejar hijos regados por el mundo
como un macho cabrio
si tomar las precauciones del desatre
ni verse en el espejo de Zeus

Así andan como cristos
los hombres más negros del mundo
masticando de si mísmos la divinidad
el patrimonio de la hora en dolores
el parto sin madre que haga de puta
sin cruz ni espina
sólo la carabana de dolores
impuesta por un enviado del imperio.

Cristo

El nombre llega después de la oscuridad
y Cristo no se deja llevar por la luz de sus tuétanos
con su cruz triste la página tosca de puente caído
la falsa sombra de vida
castillo de pájaro
jaula de libro roto
palabra libre de cielo y puerto

Y a Cristo la espina de su corona
y a nosotros la tristeza de sus ojos muertos

(El patio de los pavorreales, festejo al trago con Carlos)

Cristo

Sé que Cristo está esperando su hora
como un tren que espera la suya
como una señora embarazada
o un ahorcado el momento definitivo
la lengua en la luz del sol
la tibia palidez del crucificado

Sé que Cristo está esperando
aún así
para mí el mundo es una puerta abierta
que sólo duele
cuando suenan sus bisagras

Cristo

Uno de esos ángeles caídos
la imagen más cercana a esta sombra de Dios que vino de orfandad
en su posición cúbito dorsal de sacrificio
hecho de la misma trampa
en el mismo despido de los sueños
un Cristo
sin cruz pero con la suya abordo
se lacera de la pausa de este día de esta noche

a la paz de los caídos un Cristo en sed de sombra y de nostalgia
condenado
por un padre de justicia de inconfusa
a la pausa de los carros
a semáforo rojo de la vida

Cristo

El Cristo
que se calló
se rompió
se hirió
se fracturó
sin costillas sanas quedó
perdió el capitel de la puerta de su casa
se abrió en sangre sobre la roca
aprendió a hacer desnudos publicitarios

el Cristo
que se calló
se cayó
y se calló.

Cristo

No puede dejar de pensar en la sangre
en su sabor
su dolor

Es parte de un capítulo
que olvida de la historia
que no recuerda de su vida
pero las lanzas lo penetran
por lados equivocados
buscando su corazón
su falta de muerte

a otro Cristo
con este llanto

Cristo

Dirá su madre
(siempre santa
siempre puta)
que no bastan las sábanas
para cubrirse de la noche

ese frío de elegido
que te busca
te levanta
te pierde entre las hojas

y lo dice en la convicción
de padecer
en ese ritual
de temerle a todo

Pero
indiferente
el dios
se escucha en el silencio y la bulla del deseo
esa dimensión que tiene
que domina
donde se ve dominado

solo
se escucha a sí mismo en la cobardía
que también es suya
en la soledad
y excitación

la madre sabe lo que dice
es víctima de todo lo creado
y esa sed
es suficiente
para dar testimonio

pero dios
como Adán
no tiene madre
y no le vale
la palabra
para serse
en el mismo temor que siente
y desea

Cristo

Para Mario

Sabía de sacrificios
pero no de placeres

de cómo perdonar los pecados
jamás de cometerlos

no sabía,
–ni siquiera el poeta–
que ese dios repentino
fuera tan sexual
como su cuerpo lo decía

son cosas que no se esperan
de un desnudo
son placeres
que sólo se obtienen
bajo el crucifijo
de otra boca

 

Cristo

Hay un aplauso que no termina aún
como esa reforma de ladrones
o el perdón del asesino

Y con su cruz al hombro
se parte en los brocales
toda vergüenza de sangre
la pausa de saberes
el resplandor

Quien no termina de morir
tampoco acaba con los espectáculos
se entrega a la fama como dolido
se rompe bifurca tuerce
para hacerse a sí mismo
en la continuidad del show
mantenerse en forma
para la siguiente puñalada
saborearse la sangre en el lienzo
ruinarse los espejos que lo hacen

Así el aplauso continua
en eterno y placentero
escarnio

Cristo

Sin desnudo
un Dios de esta magnitud
no podría ser pintado

por eso
en las primeras de cambio
cuando creaba al mundo
y al primogénito
y al murciélago
supo
que jamás tendría talento
para modelar

esa es una cruz
de la cual
los predicadores
tampoco escapan

Cristo

Cuando su cruz no bastaba para sostener al mundo
decidió someterse al escarnio de la humanidad
a la integra ilusión de caminar por lo ajeno de Dios
la calle sucia de la ciudad
el doble clic de la pornografía gratuita
el poco pelo de un monseñor cienañero
la curva decreciente de la economía

Decidió
verdaderamente
y sin superpoderes
ser un hombre
común y corriente